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Campamentos que abren fronteras

Lo que comenzó con un programa de inmersión en Canadá hoy conecta a los estudiantes con universidades, centros de innovación y culturas de distintos continentes. Más que viajes, son experiencias que fortalecen la autonomía, los idiomas y la capacidad de desenvolverse en un mundo global.

Fotos: Mario Zapata

Cuando un estudiante de Juan XXIII aborda un avión rumbo a Canadá, China o Inglaterra, no solo lleva una maleta llena de expectativas. También lleva años de formación en idiomas, liderazgo, trabajo colaborativo y autonomía. Detrás de cada campamento internacional existe una preparación que comienza mucho antes del viaje y que forma parte de una visión educativa que busca preparar ciudadanos capaces de desenvolverse en cualquier parte del mundo.

La historia de estos programas comenzó a consolidarse en 2019, cuando el colegio inició una alianza con Canaway Global Learning para desarrollar un campamento de inmersión en Canadá. El objetivo era claro: ofrecer una experiencia educativa que complementara la formación académica de los estudiantes y les permitiera practicar inglés en contextos reales, convivir con jóvenes de otros países y acercarse a la vida universitaria internacional.

Ese primer viaje reunió a 29 estudiantes en Peterborough, Ontario, y marcó el inicio de una experiencia que se ha fortalecido año tras año. Los resultados fueron evidentes desde el regreso del primer grupo. Los alumnos volvían más seguros, independientes y conscientes de sus propias capacidades. Lo que empezó como un programa enfocado principalmente en el aprendizaje del idioma evolucionó rápidamente hacia una propuesta mucho más amplia.

Con el paso del tiempo se incorporaron talleres STEM, actividades de liderazgo, visitas a universidades y experiencias vinculadas a la innovación y la tecnología. Los estudiantes dejaron de ser simples visitantes para convertirse en participantes activos de programas académicos internacionales. 

Para Camila Falconi, quien participó en uno de los campamentos, el mayor aprendizaje estuvo en la convivencia con jóvenes de distintas nacionalidades. «Convivir con jóvenes de diferentes países me permitió descubrir otra manera de ver el mundo. Comprendí que los valores que aprendemos en el colegio, como el respeto y la solidaridad, son los que realmente nos ayudan a conectar con personas de cualquier cultura», afirma.

Su testimonio resume el propósito de estos programas: formar estudiantes capaces de desenvolverse con naturalidad en entornos multiculturales, comunicarse con personas de diferentes contextos y comprender que el aprendizaje también ocurre fuera del aula. Ese espíritu de apertura al mundo fue el que, con el paso de los años, impulsó al colegio a seguir ampliando sus destinos y oportunidades más allá de Canadá.

Paralelamente, el colegio fortaleció sus vínculos con China, país estrechamente ligado a la identidad institucional de Juan XXIII. Los primeros campamentos surgieron gracias a invitaciones de la municipalidad de Beijing y estaban dirigidos principalmente a estudiantes con ascendencia china. Sin embargo, la visión fue cambiando.

La directora Jennifer Paján impulsó la idea de ampliar estas oportunidades para que cualquier estudiante pudiera acceder a una experiencia internacional en China, independientemente de sus raíces familiares. Así comenzaron a surgir nuevos intercambios, programas educativos, certificaciones de idioma, competencias de robótica y encuentros culturales.

Hoy los estudiantes tienen la posibilidad de recorrer ciudades emblemáticas como Beijing, Shanghái, Xi’an, Suzhou, Chengdu o Chongqing, descubriendo no solo la historia y las tradiciones de China, sino también su impresionante desarrollo tecnológico y urbano.

Cada ciudad ofrece una experiencia distinta. Beijing permite comprender la importancia política y cultural del país; Xi’an conecta a los estudiantes con las raíces históricas de la civilización china; Shanghái muestra una de las ciudades más modernas e innovadoras del mundo; mientras que Chongqing y Chengdu sorprenden por su crecimiento, infraestructura y capacidad para integrar tradición y modernidad.

Las experiencias que viven los estudiantes son tan diversas como los propios programas. María José Pun Kay, quien viajó a Beijing como parte de un intercambio artístico, recuerda que el aprendizaje fue mucho más allá del perfeccionamiento musical. «Viajar a China fue mucho más que perfeccionar nuestra música. Conocimos profesores extraordinarios, aprendimos más sobre la cultura y entendimos que el arte también es una forma de crear vínculos entre personas de distintos países. Fue una experiencia que me marcó para siempre».

Para Walter Wong Febres, quien participó en un campamento familiar junto a su padre, el viaje le permitió conocer el país desde una dimensión más personal. «Más que un viaje, fue una oportunidad para conocer de cerca una cultura diferente y compartir esa experiencia con mi papá. Regresé convencido de que valores como el orden y el respeto son enseñanzas que podemos incorporar también en nuestra vida diaria».

En el caso de Orlando Aguilar, el viaje estuvo vinculado a una competencia internacional de robótica, donde el intercambio con estudiantes de otros países amplió su manera de entender la innovación. «Competir en China me hizo entender que siempre existen nuevas maneras de resolver un mismo problema. Compartir con estudiantes de otros países me abrió la mente y me enseñó que aprender también significa estar dispuesto a cambiar la forma en la que uno ve las cosas».

Estas historias reflejan el propósito que persigue el colegio con sus programas internacionales: que cada estudiante encuentre una experiencia acorde con sus intereses y descubra, desde la vivencia, que aprender también significa abrirse a nuevas culturas, nuevas ideas y nuevas formas de mirar el mundo.

La expansión continuó con Inglaterra y es así que el más reciente campamento estuvo conformado por una delegación de 26 estudiantes que participó en un programa de inmersión académica en Wells Cathedral School, donde asistieron a clases junto a estudiantes británicos y convivieron durante dos semanas en una residencia estudiantil. La experiencia permitió poner a prueba no solo sus conocimientos académicos, sino también su capacidad de adaptación y convivencia en un entorno completamente distinto.

Según Iván Conde, director de Programas de School Channel, el desempeño de los estudiantes de Juan XXIII llamó la atención de docentes y autoridades de la institución anfitriona. Destacaron por su responsabilidad, capacidad de adaptación y sólido nivel académico, especialmente en áreas como ciencias y lenguas. 

Fernanda Azabache, una de las participantes del programa, asegura que la experiencia fortaleció su confianza y reafirmó sus metas personales. «El viaje me enseñó a ser más autónoma y a confiar en mí. Poder comunicarme en inglés con estudiantes de otros países me hizo valorar todo lo aprendido en el colegio y me confirmó que quiero seguir preparándome para estudiar en el extranjero».

Su experiencia refleja uno de los principales objetivos de estos programas: que los estudiantes descubran, a través de la inmersión, que las herramientas adquiridas durante su formación les permiten desenvolverse con seguridad en cualquier parte del mundo, al tiempo que fortalecen competencias académicas, personales y culturales que los acompañarán más allá de su etapa escolar.

Sin embargo, más allá de los destinos, existe un elemento común que explica el éxito de estos programas: el perfil del estudiante de Juan XXIII.

Según Miss Jennifer, uno de los aspectos que más llama la atención durante las sesiones informativas es que quienes realizan las preguntas más profundas suelen ser los propios alumnos. Mientras los padres se interesan por aspectos logísticos, los estudiantes buscan saber cómo la experiencia puede ayudarles a tomar decisiones sobre su futuro universitario, qué oportunidades académicas encontrarán o qué habilidades podrán desarrollar.

Esa actitud refleja uno de los pilares de la formación del colegio: la autonomía. Los estudiantes aprenden a investigar, comparar opciones, organizar documentos, redactar cartas de motivación y asumir un rol activo en la construcción de su propio proyecto de vida.

La preparación también incluye el fortalecimiento de los idiomas. En Canadá utilizan el inglés como herramienta cotidiana de comunicación; en China descubren el verdadero valor de hablar chino fuera del aula, cuando deben interactuar con personas, recorrer ciudades o comprender aspectos de la cultura local.

Pero quizá la enseñanza más importante ocurre lejos de los libros. Los estudiantes aprenden a convivir con personas diferentes, a resolver situaciones por sí mismos, a adaptarse a nuevas realidades y a mirar el mundo con una perspectiva más amplia.

Por eso, para Juan XXIII, los campamentos internacionales son mucho más que una actividad extracurricular. Son una extensión natural de su propuesta educativa. Una oportunidad para que los estudiantes descubran que el aprendizaje no tiene fronteras y que, con preparación, curiosidad y confianza, pueden sentirse en casa en cualquier lugar del mundo.

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COMUNICADO N° 01 -2026 / CONCESIONARIA

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